MISTERIO

Profecías en mesoamérica

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SEVILLA 1.11.2020 / Jose Manuel García Bautista

Cuenta la tradición mexicana que cierto día, hace muchos años, siglos ya, llegó a tierras centroamericanas un hombre de piel blanca, apuesto, con barba y túnica larga blanca.

Aquel hombre se interesó por instruir a aquellos nativos y les enseñó Ciencias, a construir útiles, les enseñó moralidad y leyes. Aquel hombre de bien vio como el pueblo se revelaba contra sus enseñanzas teniendo que huir a oriente, pero les prometió que regresaría para someter a sus hijos, o a los hijos de sus hijos. Aquel ser fue llamado desde entonces, por los nativos, como Quetzalcoatl.

Tras el Descubrimiento de América, Hernán Cortés llegó a tierras centroamericanas y poderoso imperio Azteca tomó a éste, como a Quetzalcoatl, por su apariencia física, sus intenciones.

Los hechiceros así lo anunciaban y el pueblo azteca se mostraba temeroso de aquellos forasteros. El emperador Moctezuma consultó con los sabios que le indicaron que los presagios indicaban que se trataba del regreso de aquel desconocido para cumplir su promesa. Los signos eran “evidentes”.

Los astrónomos habían descrito un “cometa” que era “como una llama de fuego de forma piramidal, apareció en medio del oriente antes de media noche y allí estuvo hasta que salió el sol y su luz lo ocultó”. Esto era entendido como una señal.

La segunda fue el incendio que destruyó el templo y que parecía no poder sofocarse, decían que “el agua avivaba las llamas”.

El tercer signo fue un rayo que en el transcurso de una tormenta cayó sobre el Dios del fuego destruyendo a éste y a su santuario.

La cuarta señal fue el regreso del “cometa”, visible a plena luz del día cruzando de occidente a oriente.

La quinta señal fue una gran tempestad que destruyó parte de las casas y poblados de la costa junto con diversas embarcaciones.

La sexta señal hablaba de las voces que se oían procedentes del cielo y que decían llorando: “¡oh hijos míos, ya estamos a punto de perdernos!” y “¡oh hijos! ¿ a dónde os llevaré?”.

A partir de ese momento el miedo tomo posesión del imperio azteca, se habló de la aparición de un hombre con dos cabezas (¿sería un soldado español con un yelmo?), de un ave en cuya cabeza aparecía un espejo redondo y pulido.

El propio Moteczuma no era ajeno a todo ello y cuando miraba al cielo podía ver como se acercaban hombres barbados, con extrañas corazas y a lomos de animales que tenían la determinación de conquistar su imperio.
Otra señal fue la de presenciar a medianoche una espesa niebla, o humo blanco, que comenzaba a iluminarlo todo, como si de su interior brotara una mágica luz luminiscente. El emperador no creyó a sus súbditos y quiso comprobarlo con sus propios ojos a la noche siguiente.

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El fenómeno volvió a repetirse, se consultó a los brujos y hechiceros pero nadie sabía explicar aquel sorprendente fenómeno.Moteczuma los mandó emparedar o estrangula como pago a su desconocimiento.

El temor se apoderó de todos y el emperador mandó tallar una piedra en su honor, tan alta como una colina, tan grande era que no podían bajarla para ubicarla en el lugar deseado. Entonces ocurrió lo inexplicable, la pierda habló, o de ella surgió una voz que dijo:

“Decidle a Moteczuma que para que me quiere…, que ya no es tiempo de hacer lo que ahora acuerda, que antes lo había de haber hecho, porque ya ha llegado su término para él” .

Moteczuma aterrado manda hacer sacrificios y la piedra les dice:

“Hasta aquí ha de ser y no más”, estaban en un cruce ante un puente, en ese momento aquel puente de cedro se quebró y la piedra cayó al agua, esto fue visto como el presagio definitivo… Moteczuma fue a buscarla pero el temor y los presagios ya habían hecho mella en el pueblo azteca. Pocos días después se informó al emperador que en la costa habían desembarcado “de una isla flotante muchos forasteros tez pálida y barbas (era Cortés y sus tropas)”.

Een ese momento Moteczuma comprendió que los hijos de Quetzalcoatl habían llegado para llevar a cabo la promesa de aquel primer forastero al que echaron sus antepasados hace siglos. La profecía se había cumplido.

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