CONDENADOS A MORIR EN SOLEDAD

CONDENADOS A MORIR EN SOLEDAD

EDITORIAL.- 25 DE MARZO DE 2020.-

Esto es quizás lo peor de esta horrible pandemia. El aislamiento, que conlleva no poder comunicar con los seres queridos en momentos tan difíciles como éste. Tener que enfrentar una enfermedad de la que nadie sabe cómo va a salir, si saldrá, y sin poder compartir ese miedo con los tuyos, con la familia.

Peor aún en el caso de nuestros mayores, a quienes muchos han desahuciado ya por el hecho de haber cumplido un límite de años, no sabemos muy bien cuál. A partir de los 70, los 80…. ¿Cuándo se es ya demasiado mayor? ¿Cuándo pueden decidir por ti que ha llegado tu hora y ya no mereces la atención que debe darse a otros?

Nuestros mayores están muriendo en soledad, enterrados en las Residencias en las que, voluntaria o involuntariamente, fueron recluidos.

Están muriendo solos, y peor aún, en muchos casos, en total abandono, sin hacer ruido y sin que nadie se percate de ello, sin nadie que les coja la mano para ayudarles en ese momento tan temido, tan terrible….

Condenados a pasar al otro lado sin oír una voz familiar que les diga lo mucho que le quieren y le aseguren que serán siempre recordados. Sin recibir el último beso de sus seres más queridos.

Esta situación, que es la que enfrentan todos aquellos que enferman y deben ser hospitalizados, se ceba de la peor manera en el caso de nuestros mayores.

Apartados, confinados, solos e incomunicados la mayoría de ellos, porque no todos tienen la posibilidad de poder hablar o despedirse aunque solo sea por teléfono, por una videollamada, ni siquiera la posibilidad de escribir unas líneas en un papel que dejar a los suyos como despedida.

Y todos asistimos a esta tragedia con IMPOTENCIA. ¿Qué hacemos con esto? No escuchamos respuesta ninguna de los únicos que podrían encontrar la solución. Quienes deciden, quienes gobiernan nuestras vidas, ahora más nunca, quienes limitan, no solo nuestros movimientos, sino hasta nuestros sentimientos o, al menos, la posibilidad de hacerlos llegar a quienes más queremos cuando enferman o, peor, cuando llegan a las puertas de la muerte.

Todo lo contrario, oímos y vemos cada día en los distintos medios de comunicación, “energúmenos” que afirman que los “mayores” deben sacrificarse en beneficio de los “no tan mayores”. Y lo dicen sin pudor alguno. Seguramente, pobre de ellos, no tengan ya padres o abuelos a quienes despedir.

Hemos sabido del caso de Rafael García, uno de esos “mayores”, con 89 años, que decidió abandonar la Residencia en la que se encontraba confinado tras enterarse, en la soledad de su habitación, de que habían fallecido muchos de sus compañeros residentes, sin que nadie antes le hubiera informado de ello.

Rafael, con piernas ya lentas y patologías graves, pero con su cabeza en perfecto estado, no deseaba enfrentarse a los momentos finales de su vida, si es lo que le tocaba, de la forma en la que muchos, por abandono o negligencia, y en la soledad más absoluta, lo están sufriendo.

Y Rafael tiene suerte. Pudo llamar a su hija, que fue a esperarlo en el coche a las puertas de la Residencia para llevarle con ella, a su casa, al hogar, con los suyos. Lejos de la amenaza de una muerte en soledad y abandono.

Suerte Rafael.

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